El papel de Josefina de la Torre en la renovación poética del 27

Josefina de la Torre tiene voz de niña aún. Dice cosas pueriles, finas como el agua. En el fondo cristalino de su verso oculta la intuición prematura de algo grave que nunca se atreve a definir.
(Ernestina de Champourcin)

La polifacética Josefina de la Torre (Las Palmas, 1907—Madrid, 2002), exponente de la mujer moderna e independiente, entregada al arte en sus distintas vertientes, es una de las grandes representantes de la corriente neopopularista del grupo poético del 27 en las Islas Canarias.

Se conoce con el nombre de neopopularismo o neotradicionalismo a la corriente literaria que nace en el seno del grupo poético de 1927. Muchos de los integrantes de aquella nómina tomaron como molde de creación las métricas herederas de la lírica tradicional y del canto popular. Para Gustav Siebenmann (1973), el neopopularismo es propio de la década de 1920 y cuenta con dos hitos que hay que destacar:

por un lado, dos de sus grandes poetas han escrito una parte principal de su obra en este estilo; por otro lado la generación entera, por sus creaciones o sus lecturas entusiastas, ha descubierto en el neopopularismo un estilo “moderno” oculto en la tradición española. El clima creador de este decenio apenas es imaginable sin esta recuperación de un gran pasado cultural. (324)

De hecho, en su obra podemos hallar elementos que muestran su contribución a la revitalización de la antigua lírica popular y tradicional hispánica durante la década de 1920, a través de vectores comunes, que comparte con otros poetas, como las referencias a canciones populares, la reivindicación de los litorales y de las hablas regionales, el cromatismo, etc.

Dentro de esa corriente neopopularista, Rafael Alberti y Federico García Lorca fueron referentes y modelos indiscutibles para la poeta grancanaria, llegando a encontrarse en muchos de sus poemas tonos andaluces inconfundibles [1]. Al granadino, por ejemplo, le dedicó, con motivo de su primer encuentro (el 28 de abril de 1927), unos versos que tienen claros ecos lorquianos no solo por el cromatismo (verde) y por las “puñaladas” y “heridas”, sino también por la experimentación con el desplazamiento del adjetivo calificativo, que produce una nueva realidad extraña, sugerente y visionaria:

Del cielo cae una lluvia
redonda de puñaladas.
Cien heridas en el lomo
de la tierra verde y blanda.

Del primer Alberti también se encuentran importantes influencias, como la expresión sencilla de los sentimientos más sinceros, aderezados con la nostalgia por una infancia dichosa en la isla de Gran Canaria. Uno de los más reseñables ejemplos es el que ofrece el poema “Sobre el mar, bajo el cielo…”, en el que también resuenan los ecos de los versos finales de “Tierras de Gran Canaria”, poema perteneciente a El lino de los sueños (1915) de Alonso Quesada [2], una de las obras más relevantes en la historia de la literatura canaria:

¡Cuánto diera por ver llegar un día
la barca con la blanca vela al viento
con rumbo hacia la orilla, desrizada;
y en pie en la proa —tijera de los mares—
a ti, todos mis sueños, presentido
con el azul del mar en la mirada!

De la isotopía marina también da buena cuenta el “Soneto a Rafael Alberti en nuestra despedida”, en respuesta al que él le dedicó previamente (“A Josefina de la Torre”, que, a partir de 1929, aparece en las ediciones de Cal y canto con el título de “Busca”). El tópico de la vida como navegación, como viaje marino, sin perder de vista ese ancla que permite al poeta aferrarse siempre sentimentalmente a sus orígenes, aparece desplegado en los versos de Josefina:

En un claro soneto sobre el mar suspendido
donde tu gran deseo navega marinero,
con tu pluma has trazado un inmenso velero
que hace tiempo llevaba mi corazón prendido.

Con el afán de mares y de marinería
evocas la visión de las islas, viajeras.
Y en un supremo esfuerzo bordado de quimeras
las anclas en el verde cristal de Andalucía.

He pensado en tus playas, las de arena más suave.
Desplegaré mi anhelo en las ondas rizadas
para formar la vela que dirija la nave.

Y si un día a tu orilla llega mi gran navío
Yo te prometo en nombre de las Afortunadas.
nombrarte capitán del gran velero mío.

La primera obra de Josefina, Versos y estampas (1927), cuyo prólogo corrió a cargo de Pedro Salinas, aparece publicada en la revista malagueña Litoral y es aplaudida a un lado y a otro del océano. Su segunda obra, Poemas de la isla, la publica la editorial Altés de Barcelona en 1930. Por supuesto, su papel en la renovación poética del 27 es destacado, aunque no le dediquen espacio todas las antologías.

Para estas fechas, el modernismo es un movimiento prácticamente superado en la península, pero su eco y fuerza en el archipiélago canario hacen que la herencia lírica de dos grandes representantes —Tomás Morales y Saulo Torón— se mantenga durante décadas en escritores de distintas generaciones, entre los que se encuentra Josefina de la Torre.

En ese empeño de “elaborar un lenguaje propio”, Josefina se acerca a autores como Saulo Torón, Alonso Quesada…, conectando con una tradición insular que proyecta, en palabras de Lázaro Santana, “un lenguaje específico para una situación concreta e intransferible: la vida en la isla” (Torre, 1989, 19).

Partiendo de este interesante y singular sustrato, veremos en las dos primeras obras de Josefina puntos de conexión temática con los ismos de la época (el cine y el deporte, por ejemplo, son claros signos de modernidad en estos años), y puntos de conexión con la corriente neopopularista en la que ya se inscriben escritores como Alberti, Lorca, Hinojosa, Concha Méndez… Y la voz juvenil de Josefina irrumpe en el panorama poético de estos años como un soplo de aire atlántico que transporta el aroma de las Canarias. Dolores Campos-Herrero compara ingeniosamente la labor poética de Josefina con “uno de esos cofrecillos espléndidamente trabajados por un artesano minucioso. Esas cajitas primorosas en las que siempre esperamos encontrar tesoros dentro: olas, barcos, estrellitas perdidas, sombrillas de cretona…” (Campos-Herrero, 143).

Siguiendo el modelo iniciado por Juan Ramón en Platero y yo (1914) y Diario de un poeta recién casado (1917), Versos y estampas conjuga la prosa poética y la poesía íntima, ofreciendo al lector un catálogo de instantáneas y pequeñas historias, muchas de ellas narradas en tono conversacional e incluso infantil que muestra su voluntad de renovar el lenguaje poético.

Con el neopopularismo, la poesía estableció una ingenua visión del mundo expresada a menudo mediante el habla infantil, que adquiere en muchos textos de Josefina un gran protagonismo: “en la prosa poética se concentra toda la espontaneidad de la expresión infantil, con sus diminutivos y emocionadas exclamaciones, con sus enumeraciones, con esas conjunciones ilativas que invaden continuamente el discurso, con esa sintaxis tan reiterativa y simple como cálida y llena de vida” (Navarro Santos, 219).

Uno de los fragmentos más paradigmáticos en este sentido es el de la muerte de la abuela, que dice: «Alguien dijo, de pronto: “Los niños, que los lleven arriba”. Y subimos todos, despacio, en silencio. […]. Y no tuvieron que darnos la noticia. […]. Y luego se la llevaron. […] Y ya no la vimos más. […] Y otra mañana estábamos en el muro de piedra y nos llegó en el aire el eco de una queja, y todos nos miramos en silencio, temblorosos.»

La simplicidad de recursos es en la primera obra de Josefina toda una estrategia; es cauce que conecta al poeta (adulto) con el niño y le permite dar cuenta de ese “mundo primero”:

Pobres recursos del niño para expresar su entorno y expresarse y sin embargo logra extraños aciertos. Hermandad de la infancia y del creador adulto. Como si la carencia y el rodeo fueran la raíz de su capacidad. Por eso cuando nos preguntamos cómo es posible que lo poético nazca de la pobreza de medios, léxica y conceptual, la respuesta podría ser: acuden poeta y niño a la raíz indivisa de la vida con balbuceo torpe, con el conjuro de palabras sujetas a disciplina nos traen penosamente noticia de un mundo primero. La pobreza de recursos —en el niño—, la equivocidad e impropiedad en el adulto creador, las carencias, hacen posible el milagro. (López Tamés, 1990, 212)

Esa visión ingenua del mundo aparece reforzada con frecuencia por el empleo de diminutivos que, para Dolores Campos-Herrero, aluden a una simbología infantil y, tal vez, “a ese ansia maternal que fue constante en su vida” (155). Así, encontramos apelativos como “chiquillo” o “mi cieguito” (metáfora con la que se presenta el corazón) y adjetivos como “pequeñito”, propios de la ingenuidad que caracteriza al lenguaje infantil, familiar y amoroso, en concreto, del habla canaria.

En el uso del diminutivo, sorprende encontrar algún caso de oposición al dialecto canario: mientras que en las Islas se prefiere la forma –ito frente a la variante peninsular –ecito, Josefina opta por emplear la voz “viejecito” y no “viejito”: “Era un viejecito. Venía todos los sábados a recoger su limosna”, nos dice en la estampa XI de Versos y estampas.

Al empleo del diminutivo, se le une otro elemento diferenciador en el plano gramatical, como es el uso de la tercera persona del plural (ustedes) frente a la segunda (vosotros): “Una voz, de vez en cuando, gritaba: ¡cuidado, se van a hacer daño!”, repite una voz en la memoria de la poeta.

En su segunda obra, Poemas de la isla (1930), se mantienen temas del primer libro, pero son sometidos a una mayor estilización. Así, el proceso de depuración lírica ofrece como resultado “una poesía más intelectualizada, más abstracta, en la que está presente el juego de dibujar realidades sobre el papel, junto a ciertos guiños vanguardistas” (Martín Padilla, párr. 15). No obstante, Poemas de la isla no desecha las composiciones neopopularistas; de hecho, la obra abunda por igual en la presentación de poemas de carácter intimista y reflexivo y otros de carácter neopopularista:

Yo no sé por cuál vereda
he de encontrarme con tu sombra
ni dónde hallaré la huella
de tu andar desconocido.
Y voy con los ojos bajos
contando las piedrecitas,
y sujetando en prisiones
de párpados y latidos
todos los grises contornos
que el sol dibuja en el suelo
y todas las curvas blancas
que el aire forma en la tierra.
Yo no sé por qué camino
ni cuál será la vereda.

Junto al empleo del diminutivo y las interjecciones, ya comentados, las formas de expresión conversacionales también ofrecen interesantes matices estilísticos en Poemas de la isla. Por ejemplo, en uno de los poemas se declara:

Mira:
me gustas porque sabes
decir mentiras.
Si dijeras verdades
no me gustarías.

Decíamos al principio de este artículo que uno de los aspectos más importantes a destacar de la poesía de Josefina de la Torre es su contribución a la revitalización de la antigua lírica popular y tradicional hispánica. El caso de la poeta grancanaria desmiente, en este sentido, la idea de que el neopopularismo es una estética privativa de Andalucía y los siguientes versos ofrecen un válido ejemplo para ilustrar esto que decimos:

CAMINITO azul,
caminito del mar.
¡Ay, cómo mece la cintura
al andar!
Salero de tu cuerpecito,
pie pequeñito.
Delantal
de los picos de encaje,
espuma blanca
del mar.
¡Ay, cunita del agua
qué bien te mece
caderas
de sal!

Esa recuperación de lo popular implicaba no solo un regreso a ciertos temas y formas métricas más breves, sino también una vuelta a la comunicación del poeta con una naturaleza armónica y benefactora. Los versos anteriores confirman que la poetisa grancanaria no fue ajena al influjo del hai-kai. Así, los versos centrales (“Salero de tu cuerpecito,/ pie pequeñito./ Delantal/ de los picos de encaje,/ espuma blanca/ del mar”) dejan traslucir la influencia del japonesismo lírico tan de moda en esta década y ofrecen ahí, en medio del poema, un breve marco para la reflexión, interrumpiendo por unos segundos el tono conversacional que marcan, antes y después, las exclamaciones: “Caminito azul,/ caminito del mar./ ¡Ay, cómo mece la cintura/ al andar!/ […] ¡Ay, cunita del agua/ qué bien te mece/ caderas/ de sal!” En definitiva, el estilo nominal permite concentrar el lirismo.
La conversación con la naturaleza se mantiene en otros poemas en los que se la invoca para que se alíe y sirva de protección:

CAMINITO de la noche
dime dónde vas
con tus cuatro palabras
sin acabar.
Que por donde está el río
no viene la mar
y viene y va.
¡Ay, qué solo, sin luces
ni voces para madrugar!
Caminito de la noche
guárdamelo del mal.
Pero no te pierdas
torrecita de plata
luna de cristal.

Aunque hemos expuesto aquí un breve comentario de sus dos primeras obras, que explican el significativo papel que Josefina desempeña en la renovación poética del grupo del 27, hay que decir que su poesía continuará aderezándose con el tono y sabor de las composiciones tradicionales y canciones de corro infantiles. Así, en Medida del tiempo (obra inédita que recoge su poesía desde 1940 hasta 1982), encontramos un poema que recrea momentos de la infancia y juventud:

PLATITO de porcelana,
agua clara y de cristal,
cinco papelitos dentro
todos doblados igual.
En cada papel los nombres
escritos a mano están.
¡Víspera de San Antonio
y víspera de San Juan!
Azotea de mi casa,
noche clara en la ciudad.
Las hogueras en el risco
flores son de vanidad.
A la mañanita luego,
cinco papeles habrá
náufragos del agua clara.
—Madre, ¿quién los salvará?—
El que esté abierto del todo,
ése mi novio será.

En conclusión, junto a los nombres sobradamente conocidos por todos (Lorca, Alberti…), el nombre de Josefina de la Torre se suma a la larga lista de escritores que descubren la modernidad en la tradición española. No obstante, su voluntad de crear un lenguaje propio la conecta con una tradición insular propia, distinta de la peninsular, donde radica su originalidad.

BIBLIOGRAFÍA

CAMPOS-HERRERO, Dolores. 2007. “Descubrir mundos y contar estrellas. La voz poética de Josefina de la Torre”, en Rodríguez Mederos, A. (coord.). Josefina de la Torre: modernismo y vanguardia: Centenario del nacimiento (1907-2007). Islas Canarias: Viceconsejería de Cultura y Deportes, Gobierno de Canarias, 143-161.

LÓPEZ TAMÉS, Román. 1990. Introducción a la literatura infantil. Murcia: Universidad de Murcia.

MARTÍN PADILLA, Kenia. 2015. “Josefina de la Torre, perfil polifacético”, Revista ACL 4.

MERLO, Pepa. 2010. Peces en la tierra. Antología de mujeres poetas en torno a la Generación del 27. Sevilla: Fundación José Manuel Lara.

MILLARES, Selena. 2008. “Órbita literaria de Josefina de la Torre: Una poeta entre dos generaciones (con un apéndice de nueve textos exhumados)”, en: AA. VV., Josefina de la Torre Millares. La última voz del 27. La Laguna: Gobierno de Canarias, 59-88.

MIRÓ, Emilio. 2009. Antología de poetisas del 27. Madrid: Castalia.

NAVARRO SANTOS, Marianela. 2007. “Monólogos de ausencia. La poesía de Josefina de la Torre”, en Rodríguez Mederos, A. (coord.). Josefina de la Torre: modernismo y vanguardia: Centenario del nacimiento (1907-2007). Islas Canarias: Viceconsejería de Cultura y Deportes, Gobierno de Canarias, 213-233.

PADORNO, Eugenio. 2007. “Josefina de la Torre. ¿Última voz del modernismo canario?”, en Rodríguez Mederos, A. (coord.). Josefina de la Torre: modernismo y vanguardia: Centenario del nacimiento (1907-2007). Islas Canarias: Viceconsejería de Cultura y Deportes, Gobierno de Canarias, 115-141.

PINEDA, Octavio. 2012. “La poesía canaria: lírica atlántica entre Europa y América”, Colindancias: Revista de la Red de Hispanistas de Europa Central 3: 87-93.

RYKER, Alessandro. 2007. “Josefina de la Torre y las mujeres así”, en Rodríguez Mederos, A. (coord.). Josefina de la Torre: modernismo y vanguardia: Centenario del nacimiento (1907-2007). Islas Canarias: Viceconsejería de Cultura y Deportes, Gobierno de Canarias, 87-95.

SIEBENMANN, Gustav. 1973. Los estilos poéticos en España desde 1900. Madrid: Gredos.

TORRE, Josefina de la. 2003. Poemas. Tenerife: Ediciones Idea.

——1989. Poemas de la isla. Islas Canarias: Viceconsejería de Cultura y Deportes, Gobierno de Canarias.

——2000. Poemas de la isla/ Island Poems. Washington: Eastern Washington University Press.


NOTAS


(1) Algunos críticos (como Ángel Valbuena Prat, Sebastián de la Nuez y Guillermo Díaz-Plaja) también encontraron ciertas similitudes con la lírica de Pedro Salinas.

(2) “El corazón siempre en un pequeño misterio/ y el alma sobre el mal ¡blanca!… ¡El velero/ que no pasa jamás del horizonte!…”.