La ciudad literaria de Alonso Quesada

1. INTRODUCCIÓN: EL ESPACIO COMO ELEMENTO IDENTITARIO

El espacio ha tenido distintos tratamientos en la teoría literaria y en la teoría de la narración. Durante mucho tiempo fue un tema poco estudiado y no se le dio la relevancia que tenía, que es mucha. No obstante, ante la ausencia de una teoría que explicara el espacio en todo su esplendor y sus principales características, hoy en día, tal como afirma la doctora Alicia Llarena en su libro Espacio, identidad y literatura en Hispanoamérica, podemos hablar de que el espacio es un signo privilegiado en la interpretación y valoración de las culturas y, por tanto, de la literatura también, como se puede observar con el surgimiento de la “ecocrítica” donde el medio ambiente y la literatura tienen un vínculo irrompible.

El espacio es esencial para entender el mundo. Nuestro planeta se compone de lugares muy diversos y el ser humano habita en la mayoría de ellos. Luego nuestra percepción de la cultura, sociedad y la formación de nuestra identidad se vincula estrechamente con este concepto y nuestra forma de darle significación. De esta manera, podemos hablar no solo de la vinculación del espacio con la expresión de la identidad, sino también de la importancia que tiene en la fundación y la construcción de esta.

Los autores que escriben sobre el espacio nos permiten leer su universo privado. Luego el espacio permite resolver contradicciones y paradojas entre lo propio y lo universal y reaparece en los momentos inaugurales de una tradición. Tanto es así, que podemos hablar del largo camino que ha tenido el espacio en la historia. Numerosas culturas le han dado una gran importancia para entender su mundo y sus tradiciones. Por lo tanto, el territorio tiene un papel fundamental en la conformación, percepción y expresión escrita de la cultura, mostrándolo así como un elemento clave e insustituible en toda ordenación e interpretación del mundo. Interpretación que da cabida a numerosas posibilidades de expresión en la literatura, como veremos en Alonso Quesada.

Además, ha servido para crear, delimitar, dividir y dar atributos hasta el punto de crear palabras espaciales que proceden de ámbitos sagrados o del momento mismo de la creación del mundo, por lo tanto, la carga simbólica que ha tenido siempre es indudable.

Y esa simbología espacial se ha plasmado mediante la palabra, luego el signo más rotundo de la capacidad simbólica del espacio es el lenguaje. El ser humano es espacio porque es lenguaje. Hasta el punto en el que mediante la expresión de variedades dialectales de una lengua podemos determinar un lugar o parte de una zona, porque el lenguaje nos permite focalizar.

El lenguaje expresa y el espacio representa lo escrito, luego el lenguaje de Alonso Quesada plasma mediante el espacio la historia individual y colectiva del isleño, independientemente de las transformaciones arquitectónicas, históricas y sociales que se han dado con el paso del tiempo, ya que el lenguaje y el espacio muestran la idiosincrasia que se mantiene ante una civilización que cambia cada día.

2. LA CIUDAD LITERARIA DE ALONSO QUESADA

Rafael Romero Quesada (1886-1925) nació y vivió en un tiempo de cambios y en una época de sintonía intelectual, ya que el proceso histórico de principios del siglo XX estuvo lleno de cambios políticos, sociales y culturales. Todos los revuelos sociales y los pasos que se estaban dando en la historia, véase por ejemplo el Desastre del 98 o la Semana Trágica de Barcelona de 1909, va a producir un nuevo tipo de intelectual: el intelectual cuestionador con el que podemos identificar a Alonso Quesada. Este nuevo intelectual fue revolucionario, crítico en todo momento, fue la consciencia tormentosa de la sociedad y de la clase social a la que pertenece y fue el altavoz de un análisis introspectivo debido al desencanto que siente. Ese desencanto se mostrará en los textos de Quesada como bien expresa Yolanda Arencibia: “se esconderá en ellos tras la burla satírica, la ironía resignada o la autosuficiencia elitista” (Arencibia 2003:17).

El Archipiélago canario progresó en todas las áreas a principios del siglo XX debido a que está ubicado en un territorio de paso y de encrucijada de caminos, luego la presencia extranjera fue esencial en nuestras tierras insulares, especialmente en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. La presencia inglesa en la ciudad de Alonso Quesada tuvo una gran importancia e incluso fue beneficiosa para la capital, ya que podemos hablar de un progreso urbanístico y social en cuanto a una nueva mentalidad e incluso modo de vida. Pero no fue la única, pues también llegaron los primeros turistas, que fueron testigos de los cambios y de lo inmutable de estas tierras: sus habitantes nativos.

Para describir nuestra ciudad de finales del siglo XIX y principios del siglo XX nos hemos de preparar para dar un paseo por sus calles. Mediante una pausada y precisa caminata atravesaremos los lugares más emblemáticos de aquellos isleños que marcaron tanto a nuestro escritor. Alonso Quesada sintió la necesidad de mostrarnos el lugar donde vivía y las personas con las que convivía, sobre todo a través de sus Crónicas. Por eso, daremos un paseo por los barrios de Vegueta, Triana y por la zona del Puerto, mientras Alonso Quesada nos describe, a partir de sus crónicas y mediante la reflexión y su intachable ironía, la esencia y la importancia de cada uno de estos espacios.

Este paseo comienza por los espacios donde nació la ciudad: aquel campamento militar que se convirtió en una ciudad colonial y que hasta mediados del siglo XIX no logró despertar de un largo letargo, hablamos del barrio fundacional, Vegueta, y su vecino barrio de Triana.

2.1. Un paseo por el barrio de Vegueta y el barrio de Triana.

Alonso Quesada nació en una época donde la ciudad caminaba por sí sola. Las primeras décadas del siglo XX van unidas al último tercio del siglo XIX, porque la arquitectura neoclásica propia de este siglo influyó en la ciudad de los comienzos del siglo pasado. Como bien expresa Alfredo Herrera Piqué, a lo largo del siglo XIX:

el género fue siguiendo un proceso evolutivo en la edificación de la ciudad hasta alcanzar una tipología muy común en el último tercio del siglo XIX y primeros decenios del XX, la cual ya se encuentra muy alejada de las órdenes y motivos ornamentales del neoclásico, aunque permanece fiel a éste en la estructuración compositiva de la fachada […]. Este es el tipo de edificación que se generaliza más tarde en el ensanche de la población que se produce en Triana, Arenales y el Puerto de la Luz, y en la renovación de la edificación urbana (2003:303).

Si paseamos por la ciudad, hemos de conocer los dos barrios que concentran el núcleo de la vida insular, dos barrios que dependen el uno del otro porque se abastecen mutuamente: Vegueta y Triana. Son hermanos que concentran, por un lado, la vida civil y religiosa en el barrio de Vegueta, y, por otro lado, la vida comercial en el barrio de Triana.

El mismo isleño asocia ambos barrios en un mismo espacio pues “Todas las cosas insulares están ‘arriba’. Lo mismo es ‘arriba’ Vegueta que Triana” (Quesada 1986b:308). Espacios donde el isleño “se pasa el día ora en la puerta del Casino, ora en la Plazuela, ora en el muelle[1]” (Quesada 1986b:54). Es decir, donde el isleño pasa el tiempo una vez sale de trabajar.

El barrio de Vegueta no solo concentraba las viviendas de los insulares pudientes, en él también estaban los famosos riscos, donde vivían mayoritariamente las personas que tenían el oficio de trabajar en casas de hidalgos, es decir, el servicio doméstico. Aunque poco a poco y con el desarrollo del Puerto la ciudad se fue expandiendo y muchos isleños comenzaron a vivir en lo que se ha denominado Fuera de Portada. Además, mientras los ingleses empezaban a construir casas en lo que hoy conocemos como Ciudad Jardín y Tafira, comenzaron a edificarse viviendas a las lindes de la carretera vieja, actuales calles de León y Castillo, Alvareda y Juan Rejón. Así, el barrio de Los Arenales se fue llenando de casas, aunque en ese momento numerosas partes de la ciudad de hoy no existían, porque montañas de arena y grandes fincas ocupaban su lugar.

Vegueta es el lugar donde se encuentran los edificios importantes a nivel civil: la Catedral, las Casas del Cabildo y de la Audiencia, el Palacio Episcopal, el convento de Santo Domingo y las casas principales de los hacendados e históricos conquistadores de la isla. Alonso Quesada mostraba su parecer ante este espacio histórico y colonial mediante un diálogo entre mujeres isleñas: “-¿Y ustedes viven aún donde vivían antes? –No, ahora nos hemos mudado a la calle de García Tello. Me gusta más Vegueta que Triana. –Pues a mí no. –Pues a mí sí. Más tranquilo aquel barrio. – Pero muy triste” (Quesada 1986b:25). Lugar de los entierros, “Las casas de Vegueta son como esas señoras viudas, delicadas, finas, relamidas” (Quesada 1986b:89[2]).

Alonso Quesada vivió en ese “barrio silencioso” donde “No es posible andar con zapatos nuevos y chillones” porque “las casas se estremecen, los cristales de las ventanas tiemblan, y ocurre todo esto como si desde el fondo de la tierra agitaran el barrio entero”. Vegueta “es un invernadero colosal; todas las casas solariegas parecen que están conservadas dentro de una estufa”. El silencio es el habitante permanente de estas calles, nunca se muda de lugar, incluso en la actualidad las palabras de Alonso Quesada se siguen asociando a “este barrio tan callado, tan dormido […] Todo el barrio está recogido en un terror inmenso; no se atreve a vivir la vida, y se refugia en las iglesias lleno de superstición y de miedo”. Este barrio no solo es patrimonio histórico y cultural de nuestra ciudad, sino que debes permitirle adaptarse a ti porque tus pasos rompen su silencio de siglos y “una única vez acogerá tu paso sin temor, y casi con ternura: cuando vayas haciendo el muerto dentro de la caja negra[…] El cura será entonces como el salvoconducto para cruzar el barrio” (Ibídem).

No obstante, Quesada no solo describe el espacio de esta zona de la ciudad, sino que también alude al efecto que tiene el sol en sus calles y a esos isleños que nacieron y vivieron en este viejo y hermoso barrio. Ambas referencias se unifican en su crónica “El sol en Vegueta”. Vegueta sin el sol carece de una preciosidad que solo los ojos de un verdadero observador pueden contemplar, al que Alonso Quesada denomina “hombre sentimental”, pues “el sol es todo el barrio pintoresco y amado […] se tiende sobre las casas y las casas se yerguen más hidalgas y gentiles […] es el escudo de la nobleza del barrio” (Quesada 1986b:92). Sin embargo, Quesada conoce bien el lugar donde vivió y sabe que “En la ciudad hay siempre sol” incluso “Los días de invierno también tienen sol”. En Vegueta, “El sol acaricia los balcones y los balcones, que fueron pinos o fueron robles, sienten la caricia como una remota vocación”. Además, Alonso Quesada sabe que este barrio “sin el sol se desmoronaría, se hundiría de tedio y de fatiga sobre las aceras. Sin el sol parecería un sótano húmedo y abandonado”. Incluso los emblemáticos edificios necesitan del sol para lucir esa belleza arquitectónica porque “La torre de la Audiencia saluda al sol; el campanario de la iglesia está contento…Las calles risueñas, alegres porque no pasa nadie, duermen una siesta bajo el sol”. Los ciudadanos que viven en este barrio, sin embargo, “oyen su misa a las doce y después se meten en un rincón oscuro de la casa entornando las puertas que dan a las galerías”, luego Quesada hace una contraposición entre el espacio y el nativo, este último huye del sol, pero los espacios de este barrio “aman al sol; las ventanas, los balcones viejos, las rejas, las campanas de las torres” (Ibídem).

Una vez hemos empezado nuestro paseo en el barrio de Vegueta y sus calles coloniales, seguiremos caminando por este barrio mientras leemos el dietario de Alonso Quesada y llegaremos a la Plaza de Santo Domingo, lugar descrito por nuestro escritor como “un rincón sentimental: esta vieja Plaza de Santo Domingo” (Quesada 1986b:390). En los bancos de esta plaza, antes de que se pusiera la luz eléctrica en la ciudad:

se sentaban unos hombres gratos y sencillos; la noche los acogía cariñosamente. No habían sofás, ni estaba el terrible armatoste de la electricidad. La plaza parecía siempre como después de la procesión del Miércoles Santo, tenía todas las noches del año, ese dulce y tibio silencio […] Viejo rincón que desaparece con la estridencia actual; lugar tímido y sencillo que ha sido abandonado ingratamente (Quesada 1986b:390).

El progreso urbanístico hace que se abandonen las costumbres de antes, ese pausado modo de vivir y ese silencio que se respiraba en cada rincón de Vegueta. El silencio no se ha perdido, pero incluso en tiempos de Alonso Quesada la ciudad empezaba a vestirse con un ropaje distinto. Sin embargo, él entiende que “No hay lugar en la ciudad como lo pasado” (Ibídem). Por ese motivo:

El hombre sentimental ha de refugiarse en la Plaza de Santo Domingo, sentarse en aquellos bancos de piedra tan graciosos, contemplar, en la noche, la puerta enorme de la iglesia […] Conformémonos con la elegía de esta plaza y vayamos después a pasear con nuestro bastón, al Parque de San Telmo (Quesada 1986b:391).

Si salimos de Vegueta en dirección Triana, el Barranco del Guiniguada hará acto de presencia. Actualmente solo nos queda una carretera en lugar de aquellas aguas que desembocaban en la bahía donde se fundó la ciudad. Era el barranco que discurría entre los dos barrios históricos de la ciudad: Vegueta y Triana. Este accidente geográfico formaba parte del patrimonio histórico de la urbe.

No es el único barranco del municipio de Las Palmas de Gran Canaria, pero fue el más grande y el que presenciaba los paseos de los ciudadanos. En un primer momento, el Barranco del Guiniguada fue el proveedor de agua de abasto para la ciudad, ya después se convirtió en un elemento natural simbólico, pues era parte del ciclo natural que se había perdido una vez comenzó el ciclo histórico. Muchas veces fue conocido como “río”, así como bien lo destacó Alonso Quesada (1986) en su dietario: “a las ocho, todos los días, invariablemente, fatalmente, el hidalgo sale de casa […] discurre sosegadamente, si el día es bueno, por las orillas del río”. Alonso Quesada nació y creció viendo al famoso “río” como a un amigo.

El barranco llega, y lo vemos, desde el puente, desenvolver su corriente, como si ante una cátedra sorbónica escucháramos el rumor de una cabeza ilustre, y viéramos cómo se metía en nuestro espíritu una onda luminosa de ideas. El barranco es mejor, más fácil y más bello. Además parece una cosa alimenticia, y esto siempre es un consuelo (Quesada 1986b:365).

Para llegar a Triana y atravesar el “río” Guiniguada se crearon puentes que sirvieran como plataformas de paso. A lo largo de la historia y de distintos materiales hubo una serie de puentes que se derruían con los temporales atmosféricos, pero en tiempos de Quesada podemos hablar de dos importantes: el Puente de Piedra y el Puente de López Botas, también conocido como Puente de Palo por el que pasaba el tranvía que llevaba a Alonso Quesada desde su casa al trabajo y viceversa.

Tanto el barranco como los puentes eran espacios de numerosos paseos y de tertulias, de las cuales el propio Quesada era partícipe: “Hemos contemplado el barranco, con los admiradores del barranco, desde el puente. Con este motivo, mientras mirábamos el enorme desayuno que parece ser el agua de este barranco se ha hablado de la necesidad de ensanchar el puente” (Quesada 1986b:364). Este espacio de la ciudad estaba rodeado de niños que jugaban en torno al barranco; de agricultores encargados de las plataneras, que eran testigos directos del fluir de las aguas; de lavanderas que usaban los charcos que dejaba el “río” a su paso y de paseantes que aprovechaban su tarde para caminar y, cuando se diese la ocasión, ver el fluir continuo de las aguas ocasionadas por las lluvias. Todos estos sucesos alrededor de este espacio formaban parte de la esencia del isleño y de su forma de vivir rutinariamente. Los márgenes del Barranco del Guiniguada daban pie a calles marginales donde se establecían reses, una de estas calles era la famosa calle del Toril, la que luego pasó a llamarse como se conoce hoy en día: Juan de Quesada. Esa calle, junto a muchas otras a finales del siglo XIX y principios del XX, pasó a ser una calle de hermosas casas hidalgas y jardines que llegaba a la Plaza de Santa. Quesada conocía bien esa calle como el resto de los ciudadanos: “-¿Fue usted anoche al Toril?. Una de las jóvenes que no ha hablado, contesta rápidamente: -Yo sí fui. –Había mucha gente. –Mucho barullo. –No se podía estar” (Quesada 1986b:15).

El Puente de Piedra fue el principal elemento unificador de ambos barrios históricos. Debido a que el anterior, que estaba situado en el mismo lugar, estaba en malas condiciones, se creó otro de un material más resistente al que se le llamó Puente de Verdugo, ya que su construcción fue aprobada por el obispo Manuel Verdugo a principios del siglo XIX. Este puente también es conocido por el Puente de las Cuatro Estaciones, ya que en él se encontraban cuatro esculturas de estilo neoclasicista que representaban las cuatro estaciones del año, esculturas que hoy son la huella de aquel puente. Alonso Quesada en su crónica “El proyecto del puente” nos habla del mismo.

Uno de los espacios al que más alude Alonso Quesada en sus Crónicas es la Plazuela. Espacio que hoy recibe el nombre de Plaza Hurtado de Mendoza y que comúnmente es conocido como Plaza de las Ranas. Se creó gracias a Benito Lentini[3], quien convirtió aquel espacio desértico en el primer paseo público de la ciudad.

Esta plaza ha tenido numerosos nombres, como Plazuela del Príncipe Alfonso o Plaza de la Democracia, pero coloquialmente era conocida como la Plazuela y esta es la denominación espacial que se presenta en la ciudad literaria de Alonso Quesada.

A principios del siglo XX surgieron al borde del Guiniguada los quioscos de La Primavera, La Música, La Prensa y Las Flores, por lo que era una zona totalmente social en la que los ciudadanos pasaban sus tardes charlando o mirando el barranco. Esta estampa urbanística quedó implantada en la memoria de Alonso Quesada como una “plaza pequeña y aderezada de macizos, este rincón bullicioso de la ciudad, cuando es media noche solo tienen tres o cuatro amigos que la acompañan. Estos amigos, son los amigos del chocolate” (Quesada 1986b:156).

Al salir de Vegueta, atravesar el Puente de Piedra y pasar por la Plazuela, llegamos a la Alameda de Colón. La Alameda, conocida como Alameda de Colón desde que en 1892 se inauguró el monumento de Cristóbal Colón por el cuarto centenario del descubrimiento de América, era un parque con numerosos bancos, arcos y pérgolas, además de árboles que hoy son la huella de aquel lugar donde se desarrollaba casi toda la vida social isleña.

La Plaza de Cairasco y el Gabinete Literario, fundado en 1844 en el lugar donde antes se encontraba el primer teatro de la isla, el Teatro Cairasco, completan esta hermosa estampa que tiene la ciudad en una zona tan transitada tanto histórica como actualmente. La Alameda de Colón es un lugar perfectamente descrito por Alonso Quesada, mostrándonos con él que la vida de los isleños no podía entenderse sin el espacio que los rodeaba:

La Alameda de Colón, llena de polvo, llena de sillas incómodas, llena de metálicos ruidos, llena de trapejos burgueses, esos trapejos que las niñas compran ca Pérez y ca López. Trapejos violetas, verdes, azules, manzanas…Niñas de la clase media, esa clase presuntuosa, lamentable, vanidosilla y estúpida que se las dan de elegantes, elegancia provinciana, más bien isleña (Quesada 1986b:36).

Nos muestra de esta manera una estampa de la vida isleña y del desarrollo de la ciudad. Cada día las damas se daban un paseo por el Parque y en la Alameda hablaban de sus maridos y de los niños; las parejas también acudían a este lugar porque “Esta es la declaración amorosa isleña, que hicieron nuestros abuelos y que harán nuestros nietos, mientras haya cisnes en la Plazuela y paseos en la Alameda” (Quesada 1986b:19). Este parque era un lugar de “grandes destinos”, como decía el propio Quesada en sus “Escenas aplastantes de verano”.

El Gabinete Literario era otro espacio fundamental para los hidalgos isleños, que pasaban sus tardes allí charlando y hablando de política y problemas nacionales. Alonso Quesada también estuvo en esos lugares que le hicieron comprender y plasmar perfectamente muchas de las cualidades que tenían los hombres que vivían en la ciudad a principios del siglo XX. Lo plasmó en conversaciones de señoras que se sentaban en la Alameda a comentar las novedades del día: “-Anoche pasamos por el Gabinete y ¡Ave maría! fuerte discusión tenían armada allí…¡Una de gritos! –Qué me revienta el dichoso casinito. Mi hijo está empeñado en hacerse socio, pero mi marido no quiere” (Quesada 1986b:30). Sentarnos ahora a contemplar todos estos lugares descritos nos hará sentir una añoranza de costumbres y paseos que ya no existen, pero el pasado conforma el presente porque, aunque sean de otras formas, estos lugares siguen manteniendo un sentido en la estructura de la vida social ciudadana, de ahí la contemporaneidad de Alonso Quesada.

Llegando al barrio de Triana, observamos que siempre ha sido el eje del comercio capitalino, hasta que el Puerto de la Luz se convirtió en uno de los puertos más importantes de principios del siglo XX del Océano Atlántico. Desde ese momento y tal como lo vivió Quesada, Triana se convirtió en la calle comercial de Las Palmas, donde se encuentran los comercios locales y la cosmopolita industria mercantil de los ingleses, además de los bazares hindúes. Por lo tanto, el Puerto da un nuevo impulso a la calle principal del comercio de Las Palmas de Gran Canaria y la convierte en una arteria esencial de la urbe con mucho dinamismo y modernismo. Es un espacio con edificaciones neoclásicas, propias del siglo XIX, y modernistas, propias de la época de nuestro autor. La muralla y puerta de Triana, restos de aquella ciudad colonial, habían desaparecido, aunque la denominación “fuera de portada” seguía aludiendo a los habitantes de aquel nuevo barrio que estaba en pleno desarrollo fuera de la ciudad conocida hasta ese momento. Por ejemplo, lo expuesto se observa en los diálogos que crea Quesada entre jóvenes que comentan aspectos de la vida diaria: “Generalmente, cuando un joven insular tiene una novia, esta novia suele vivir Fuera la Portada. Basta oír a los amigos del joven: ‘Pepito tiene una novia Fuera la Portada’ […] Y Pepito, con esta novia Fuera la Portada y unos pantalones blancos, es un joven feliz” (Quesada 1986b:203).

La calle Mayor era el eje central del barrio de Triana, pero también hay otros espacios importantes dentro del mismo, como el conocido Teatro Pérez Galdós, que primeramente se llamó Tirso de Molina.

El 28 de junio de 1918 este teatro sufrió un incendio. Años más tarde, fue reconstruido por Miguel Martín-Fernández de la Torre, junto con su conocido hermano Néstor Martín-Fernández de la Torre, responsable de la decoración del interior. Alonso Quesada vivió en los tiempos de aquel trágico incendio, como bien recoge en su dietario en forma de pequeña historia: “Este señor es que no ha de ir al teatro, cuando el teatro esté construido. Él no fue nunca al anterior teatro incendiario” (Quesada 1986b:316).

No obstante, el eje central de este barrio era la calle Mayor de Triana, pues fue el lugar donde los intelectuales de la época se asombraban ante la diversidad cultural que empezaba a mostrarse en la capital, ya fuese con tiendas variopintas o negocios extranjeros. Era tal su grandeza que ni siquiera el isleño que emigrase la podía olvidar, pues “La Argentina es un gran país […] pero ha decidido establecerse en Las Palmas, porque a pesar de los veinte años de civilización, no ha podido olvidar la calle de Triana” (Quesada 1986b:420). Era una calle donde comenzaron a edificarse casas para familias de sumo poder adquisitivo, por eso eran casas elegantes y caras, además de convertirse en la calle principal de los grandes acontecimientos que sucedían en la capital, como el recibimiento al rey Alfonso XII en 1906.

Desde 1890, cuatro años después de que naciese Alonso Quesada, a la calle Mayor la acompañaba la presencia de un tranvía de vapor que cruzaba la ciudad lineal entre el antiguo casco urbano y el Puerto de la Luz. Tranvía que luego pasó a moverse con luz eléctrica y que hacía de esta calle una zona con mayor dinamismo. Los cruceros turísticos que venían a la isla, gracias a las promociones sobre nuestro paisaje y nuestro clima a manos de la colonia inglesa, hicieron que muchos comercios de la calle tuvieran como principales compradores a los turistas y, por esa razón, se ponían letreros de english spoken. Algo que Tomás Morales anotó y le sirvió de inspiración en su conocida composición poética “Poemas a la ciudad comercial, la calle de Triana”. Alonso Quesada no iba a ser menos y como ciudadano al que le gustaba fijarse en todo lo que lo rodeaba, sabía que “la calle de Triana […] está llena de personas distinguidas: los magistrales vestidos de negro, y en grupos, gravemente; militares de paisano, altos empleados, de los organismos oficiales” (Quesada 1986b:157), quienes también paseaban por esta calle, aunque casi siempre con una ruta fija porque “Todos vienen del muelle[4] de ver la muralla y de decir lo que dijeron ayer y anteayer y la semana pasada” (Ibídem).

No solo las conversaciones y los paseos se repetían cada mañana, también había una permanente repetición de elementos en la calle cuando paseabas por ella. Sin embargo, eran elementos en forma de objetos que daban quietud ante tanto movimiento. Por ejemplo, el famoso reloj alemán de la joyería Plüger, al que Alonso Quesada le dedica composiciones suyas como “El reloj alemán de la ínsula”, “La conferencia de las horas” y “La vuelta de los cacharros”.

En cuanto a este reloj, que se convirtió en un símbolo de esta calle y que actualmente nos evoca al pasado histórico de la ciudad, Alonso Quesada lo consideraba “nuestro antiguo amigo el gran reloj de la calle de Triana” (Quesada 1986b:314), usa el pronombre de primera persona del plural porque considera que este objeto forma parte de los isleños al ser un fiel testigo de nuestra historia: de los paseos de las parejas jóvenes, de los trabajadores que suben y bajan del tranvía y de los que le devuelven la mirada reflexionando acerca de todo y nada.
Finalmente, no se puede coger el tranvía dirección Puerto para proseguir el paseo literario sin antes dar un paseo por el antiguo muelle de Las Palmas, ubicado en el actual Parque de San Telmo.

Alonso Quesada lo describía como “un lugar de esparcimiento nocturno y económico” (Quesada 1986b:177). Tras la creación del nuevo puerto y el desarrollo que tuvo el mismo, este se quedó como una postal portuaria que invitaba a dar paseos cerca del mar. Esos paseos solían tener la presencia de Quesada, quien describía la ambientación típica de este espacio junto a la gente que también contemplaba ese paisaje:

El Parque de San Telmo. Al fondo el mar. Un grupo de niñas burguesas; otro grupo frondoso. Un gorililla vestido de americano, dando saltos y diciendo gracias. Risas, ojos entornados y exclamaciones íntimas .[…] Los papás hablando del agua, del muro y del avance alemán sobre Lemberg. Curas. Mamás sentimentales diciendo lo mismo del año pasado (Quesada 1986b:34).
Este parque también tenía una muralla que delimitaba el Puerto y la fundacional ciudad, desde ella pasaban los pocos automóviles que había y el tranvía. El Parque invitaba a sentarte y a contemplarla porque era “el nuevo horizonte de la ciudad, la última inquietud metafísica del ciudadano isleño […] El ciudadano sale de su trabajo y se marcha al Parque a contemplar la muralla […] El alma ciudadana está puesta en el horizonte de esta muralla” (Quesada 1986b:160-161).

La ciudad estaba envuelta en un constante cambio en los tiempos de Rafael Romero Quesada y Alonso Quesada, sus dos identidades encontradas, que fueron testigos de como la ciudad se abría a un nuevo estilo urbanístico. Adentrémonos ahora en lo que se conocía como Fuera de Portada.

2.2. Un paseo por El Puerto

La construcción del Puerto de la Luz dio cabida a una expansión de viviendas y comercios. El 26 de febrero de 1883 empezó a construirse y fue un proyecto portuario que ya en tiempos de Alonso Quesada fue un éxito debido a la cantidad de buques que llegaban cada día. Se creó un sector puramente mercantil y comercial donde abundaban las estaciones de suministro de carbón, sobre todo para llenar los barcos ingleses, depósitos comerciales y algunos hoteles. Se construyeron establecimientos como Grand Canary Coaling, Elder and Fyffes o Elder Dempster, en este último Alonso Quesada trabajó gran parte de su vida.

El negocio del suministro de carbón para los barcos de vapor, el comercio de importación y exportación, las operaciones bancarias y el turismo dieron pie a que se hospedara una pequeña burguesía, fundamentalmente inglesa, de carácter portuario. Muchas familias burguesas se fueron hospedando en el barrio de Las Alcaravaneras, como bien expresa Quesada: “He aquí a nuestro distinguido amigo el señor Calcines, perplejo. ¿Qué le pasa al señor Calcines? Pues que ha comprado un solar en las Alcaravaneras” (Quesada 1986b:380). No solo se construyeron viviendas para isleños pudientes en esa zona del Puerto, Ciudad Jardín era el hogar de familias británicas, sobre todo, y de hidalgos isleños: “Sin embargo, no es motivo este de perplejidad ninguna. Lo fuera, y muy agudo, si el señor Calcines no tuviera en la Ciudad Jardín, solar alguno”. Ingleses e isleños de mucho poder económico empezaron a hospedarse en esta zona de gran crecimiento urbanístico: “El ideal de la señora de Calcines era un piso principal en la calle de Triana, pero ya la calle de Triana no es distinguido ni acomodado: ahora son las Alcaravaneras. Un solar en las Alcaravaneras es como un venerable tío en La Habana” (Ibídem). No obstante, el complejo de inferioridad que siempre ha acompañado a la psicología del pueblo canario fue captado por Alonso Quesada con extrema agudeza, expresándolo en diferentes crónicas, véase en: “Ella piensa que su marido es casi británico porque le lleva los libros a Mr. John o Mr. James, asimismo de Alcaravaneras” (Quesada 1986b:381). Pero el crecimiento de este barrio, convirtiéndose en un espacio burgués, no fue el único cambio urbanístico en el Puerto.

La otra cara de la moneda, es decir, las personas con poco poder adquisitivo, también empezaron a vivir en otras zonas de Fuera de la Portada por el fuerte crecimiento demográfico. Los riscos seguían siendo el lugar donde vivían las personas de las clases bajas que servían a los grandes señores de Vegueta, pero en nuestro camino hacia el Puerto nos encontraremos un barrio que estaba en pleno crecimiento y de poca majestuosidad: el barrio de Los Arenales. A aquellas personas que vivían Fuera de Portada y que tenían unas casas en los lindes de la carretera vieja, Alonso Quesada las observaba y pensaba que “Estas casas ambulantes llevan una melancolía vulgar, cuando avanzan en la noche, y dejan un rastro de soledad, de vacío en el camino” (Quesada 1986b:122). Casas en medio del camino, forma poética de denominar un espacio de la ciudad que estaba casi desolado. Hoy en día no nos podemos imaginar aquel lugar donde las montañas de arena eran las acompañantes de esas construcciones humildes que se caracterizaban por su escaso tamaño, como expresaba Quesada: “Las casas de los barrios, pequeñas, modestas, caben en un carro grande. Algunas en una carreta”. En síntesis, Quesada desde el vagón del tranvía en dirección a su trabajo o a su casa, contemplaba este barrio y expresaba que “Parecen unas casas uniformadas. Siempre que pasamos por los Arenales encontramos una casa semejante con su mesa redonda y su velón policromado” (Ibídem).

En el Puerto se encuentra la famosa Playa de Las Canteras. Aproximadamente por 1910 entraban más de 4.000 barcos al Puerto de la Luz, en los cruceros que atracaban en dicho puerto llegaban personas de muchos países que, atraídos por nuestro clima, paseaban y se bañaban en esta playa que en la actualidad sigue teniendo el mismo fin. Pero la vida de los isleños también transcurría por esta playa, porque la expansión urbana ocasionada por el Puerto hizo que muchos isleños ocupasen la ribera de la Playa de Las Canteras. Fue un lugar de veraneo para los isleños: “El veraneo insular es una cosa lenta, aburrida. Veraneo de acera. En Tafira, la gente se pone en la acera para ver pasar los automóviles. En ‘las Canteras’, para ver a gente que pasea en la playa” (Quesada 1986b:295). El clima de la Playa de Las Canteras fue perfectamente descrito por Alonso Quesada a partir de un diálogo entre isleños en una de sus crónicas:

El Sr. Carballo está harto del tranvía. El(sic.) dice: ‘Hombre, si no fuera la incomodad del tranvía estaría en las Canteras hasta diciembre’. Por otro lado, la familia agrega: ‘Nos venimos antes que nos echen las lluvias. Además, ‘aquello’ está ya muy aburrido’. Si algún sentimental de las playas se aventura a decir: ‘El mejor tiempo en las Canteras es noviembre y diciembre. Hay unas puestas de sol muy bonitas’, la familia de Carballo responde: ‘¡Jesús, hijo! No me diga que es bonito aquello con el viento que hace’ (Ibídem).

Así, Alonso Quesada, al igual que las personas que en estos tiempos contemporáneos van a esta playa, sabe que el clima característico de esa zona de la ciudad es sofocante y soleado hasta diciembre. El hombre que vive en el Puerto es un “señor valiente […] que de tanto vivir en el Puerto ha logrado tener una amplia cultura tranviaria” (Quesada 1986b:296). Ese isleño se diferencia de los que viven en la zona de Las Palmas porque estos “si están en el Puerto, cada tres días buscan un pretexto para montarse en el tranvía” (Ibídem). En síntesis, la mirada de Alonso Quesada nos muestra el clima y las costumbres isleñas en la temporada de verano, como ya hemos visto en algunos fragmentos o como en el que se mostrará a continuación:

Estar en las Canteras representa utilizar ese remedio de sombrillas cursis que las jovencitas de la localidad han dado en llevar; es ponerse unas cintas anchas en la cabeza con lazos grandes como si estuvieran de recepción en alguna embajada; es llevar un pollo ridículo que diga gansadas a la vera. Es decir esto que todo el mundo dice y que todo el mundo hace: ‘Nosotros nos pasamos el verano en las Canteras’. Como si fuera más verano estar en la calle de Triana, que no bajo el sol tonante de la playa, un sol que se oculta a las ocho, que puede tragarse el color de las sombrillas teñidas (Quesada 1986b:206).

Sin embargo, para las familias burguesas en verano “Lo elegante es ir al Parque de Cervantes, sin duda. Pero hay otro sitio más elegante todavía: San Cristóbal. Y otro: Agüimes. Pero lo realmente exquisito es ir a Arucas, alquilar una casa en la propia plaza, y entretenerse uno en ver desfilar exportadores de juanetes…” (Ibídem).

No podemos olvidarnos del “peligro de las chozas de la Isleta” (Quesada 1986b:367), ni de los proyectos de mejora entre Las Palmas y el Puerto, algo que Alonso Quesada atestiguó: “Aquí han existido tres proyectos o cuatro, que han ayudado a la vida verbal de tanto congrio. Probablemente, sin la carretera del Puerto, sin las chozas de la Isleta […] mucha gente no hubiese aprendido a hablar en la vida” (Ibídem).

CONCLUSIONES

Finalizado el paseo, se puede sentir a nuestra ciudad cuando en vez de mirarla, la observas con detenimiento y cuando en vez de oírla, escuchas su silencio. En cada rincón de los barrios que hoy se abandonan con mayor frecuencia, hay risas de niños ocultas en la sombra por ese sol constante que caracteriza a nuestro clima un mediodía en el barrio de Vegueta. En ese puente donde nuestros antepasados veían el constante río pasar, alguien se paró a pensar que determinaría el futuro de aquella tierra insular que hoy perdemos a cada cimiento. Esa persona que se sentó a reflexionar pasó a ser más de uno y, poco a poco, han existido numerosos investigadores que han recogido documentación histórica de nuestra ciudad y las formas de vivir de esta. Alonso Quesada no era un historiador, pero mediante su literatura ha dejado para la posteridad la historia de la ciudad de su tiempo. Ya lo expresaba él mismo anticipándose a lo que se acontecía:

Acabaremos. Nos queda el consuelo de saber que las damas que vivan con nuestro amigo se quedarán encantadas con el libro. Ellas seguramente han de decir: ‘¡Jesús, hija, igualito, igualito a como habla uno! Idéntico. Yo no sé cómo este hombre nos ha copiado tan bien, ese hombre que no va a ningún sitio, ni al Casino, ni al Club, ni a las verbenas, ni al parque, ni a nada; ¡ni a bailes! y que siempre parece que va enfadado. ¡Fíate niña, fíate! Dónde menos se piensa salta la liebre…’ (Quesada 1986b:44).

Alonso Quesada y su descripción de la ciudad se hace imprescindible para estudiar el poderoso vínculo identitario que supone el espacio como vertebrador de una tradición y de una comunidad.

4. BIBLIOGRAFÍA

Arencibia Santana, Yolanda (2003). De Alonso Quesada a Rafael Romero, o el arte del coloquio literario. Islas Canarias, España: Academia Canaria de la Lengua.

Herrera Piqué, Alfredo (2003): Las Palmas de Gran Canaria. Patrimonio histórico cultural de una ciudad atlántica. Las Palmas de Gran Canaria, España: Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria.

Llarena González, Alicia (2006). Memoria, identidad y espacio. Islas Canarias, España: Academia Canaria de la Lengua.

—-(2007): Espacio, identidad y literatura en Hispanoamérica. México: Universidad Autónoma de Sinaloa.

Quesada, Alonso (1913): “Brevísimo relato de mí mismo”, Florilegio, 9.

—-(1986a): Obras completas III. Teatro. Las Palmas de Gran Canaria, España: Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria.

—-(1986b): Obras completas IV. Prosa. Las Palmas de Gran Canaria, España: Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria.

—-(1986c): Obras completas V. Prosa. Las Palmas de Gran Canaria, España: Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria.

—-(1986d): Obras completas VI. Prosa. Las Palmas de Gran Canaria, España: Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria.


NOTAS


[1] Alonso Quesada se refiere al antiguo muelle de Las Palmas, ubicado en el Parque de San Telmo.

[2] El resto de citas de este párrafo corresponden a la cita (Quesada 1986b:89). Puede haber otros párrafos donde utilice esta misma manera de citar por la reiteración de citas de un mismo texto, siempre aludiré a ellas poniendo en la última cita del mismo texto que estoy citando la referencia: Ibídem.

[3] Italiano de nacimiento, llegó a Las Palmas de Gran Canaria como profesor de piano y maestro de la capilla de música de la Catedral. Ayudó a la mejora urbanística de la ciudad junto a José Agustín de Bethencourt.

[4] Vuelve a referirse al antiguo muelle de Las Palmas de Gran Canaria, lugar donde hoy se encuentra el Parque de San Telmo, la estación de Guaguas Municipales y parte de la Avenida Marítima.